La hora del lince

«La obra de teatro sobre el minino rojo es lo único que escribe en París. La estancia dura tres años. Se levanta pronto y en el mejor de los casos escribe durante una o dos horas antes de estar borracho. Pues una pieza de teatro no es muy larga. La obra habla de un chico joven, un preso, un asesino doble, encarcelado, que parece tener una obsesión enfermiza con la casa verde en   Hjoggböle donde ha nacido y al que le han confiado un gato con fines educativos. La obra trata de la historia de amor entre el muchacho y el felino. Y de que la resurrección es posible, naturalmente, pero ¿quién se lo va a creer».

La obra de la que habla Enquist es La hora del Lince: la pieza escrita en el piso de los Campos Elíseos 147, «en colaboración con su gato August». Un texto central en la producción del autor sueco, unas treinta páginas en las cuales podría decirse que se encuentra toda la esencia de su obra. Conjuntamente con las novelas El ángel caído ―inmediatamente anterior― y La biblioteca del capitán Nemo a la cual precede y anticipa―, La hora del lince es clave para entender el universo enquistiano: esas obras constituyen un tríptico en el que confluyen los elementos de ese particular universo y todo empieza, según un concepto fundamental en Enquist, a cuadrar, a estar conectado, a tener sentido («hänga ihop»).

 

 

“La obra, que desde el punto de vista formal es un modelo de condensación dramática ―un único acto, un único espacio vacío, desarrollo de la acción prácticamente a tiempo real―, ofrece una bellísima y en extremo conmovedora versión del evangelio, narrada sin embargo desde un nivel turbadoramente humano, desde una mística singular y humanista que trasciende los referentes religiosos de que parte. El «Chico» protagonista, culpable de un grave crimen, es redimido por el felino naranja, quien después de ser traicionado y asesinado, resucita para llevarlo consigo al paraíso perdido. El gato Val (trasunto del August que acompañaba a Enquist en París) es la encarnación de un Dios ante el cual no hay que sentir culpa ni hacerse merecedor del perdón y la misericordia, de acuerdo con la noción de agape, que aparece por primera vez en El ángel caído y será una constante en Enquist a partir de entonces.

La hora del lince conecta, en efecto, directamente con esa compleja y fascinante narración publicada en 1985. En ella su autor, a través de tres historias aparentemente muy dispares, planteaba una pregunta fundamental, que retoma en la pieza escrita en París: ¿Qué es un ser humano? ¿Cuál es la frontera entre el humano y el monstruo? Una de esas tres historias de El ángel caído es un claro antecedente de la trama de La hora del lince: la del chico conocido como «el lobo de Säter»,  internado en un hospital psiquiátrico por haber matado a dos niñas sin motivo alguno y que comete suicidio ahogándose con una bolsa de plástico. Sin embargo, el protagonista del drama presenta, además, muchos rasgos en común con el autor: entre otras, la obsesión por la casa natal que el propio Enquist desarrolla en París. La hora del lince marca, en este sentido, un punto de inflexión en la obra del  escritor nacido en Hjoggböle: a partir de esta obra, se aprecia una creciente presencia de elementos autobiográficos que culminará en Otra vida y en El libro de las parábolas [Liknelseboken, 2013], donde ya se despojarán del disfraz de la ficción. En La hora del lince, Enquist comienza a explotar el uso de la metáfora como una forma de autorepresentación y las referencias intertextuales que plagan su obra adquieren cada vez más un tinte personal.

[…]

El propio personaje del Chico es otra presencia intermitente. Si en Otra vida Enquist nos confiesa que el Chico es un espejo de su autor, a través del cual expresa su súplica de salvación, en El libro de las parábolas sostiene que la fuente de inspiración para el personaje de El ángel caído y La hora del lince es un pariente lejano, al que otorga el nombre de Siklund, que «se ha metido» reiteradamente en su persona y en sus libros y, en particular, se ha «colado en la mentirosa fabulación teatral» escrita en París. La insistencia con la cual el Chico reaparece a lo largo de varias décadas revela es uno de los muchos «puntos de dolor» («smärtpunkter») que sirven de fuerza motriz para la creación en Enquist: el concepto aparece, explícita o implícitamente, en prácticamente todas sus obras y apunta a esas experiencias traumáticas que acosan tanto al propio autor como a sus personajes y que han de narrarse una y otra vez. El Chico encarna la noción de culpa y vergüenza que se cierne como una sombra sobre toda la obra del escritor de Hjoggböle: la culpa por el alcoholismo, ciertamente, pero también por una suerte de crimen pasado e indefinido, una especie de pecado original cuyo correlato es el anhelo de perdón y misericordia. Pues, a pesar de todo, a pesar de la deformidad, a pesar de los delitos y faltas cometidos, «uno sigue siendo una especie de ser humano», como repiten tanto el «el lobo de Säter» de El ángel caído como el Chico de La hora del lince y el propio narrador de Otra vida.

            Otra característica de la escritura de Enquist es la formulación constante de preguntas, las obstinadas y persistentes pregunta a que se refiere el narrador de El libro de las Parábolas, de las que no cabe desentenderse, porque, aunque no se sepan las respuestas, «¿qué seríamos si no intentáramos responderlas?». Esas preguntas, en el caso de las piezas teatrales, se trasladan a las propias acotaciones, que colocan al autor en el lugar de un demiurgo que, lejos de ser omnisciente, muestra perplejidad ante sus propias criaturas; o de un espectador apostado frente a la incertidumbre, para el que las cosas van revelándose poco a poco y nunca por completo: «¿El chico? ¿No es demasiado mayor para que lo llamemos chico?» «¿En qué clase de espacio estamos?». Y luego en la propia acción, que se configura como un gran interrogante que traslada al espectador la búsqueda de la respuesta. La pregunta que se hace el Chico de La hora del lince es la misma que se hace Enquist a lo largo de toda su obra: la pregunta sobre el sentido de todo, sobre la conexión entre las cosas. El Chico sin nombre de su «pieza fabulada» se contesta que la solución del enigma está más allá de la lógica, como la hora del lince: la vigésimo quinta hora del día, aquella fuera del tiempo y el espacio, de los límites del pensamiento nacional. «.[…] no tiene sentido preguntar qué es del lince esa hora extra del  día. […] Es otra dimensión. (Pausa) Durante esa hora él está, de alguna manera, al margen.». En el debate entre razón y fe que presenta la obra, Enquist parece concluir a favor de la existencia del milagro, pero un milagro que, además de tener un referente concreto (el milagro de su curación del alcoholismo) se desprende de la raigambre religiosa para entroncar con la noción de misterio en toda su trascendencia poética. Un misterio permanentemente inexplicado o inexplicable que exhorta a una exploración personal del sentido: «Ya te lo he contado todo, todos los detalles. Todo, así es como pasó. No hay nada más que decir. Comprenderlo es otra cosa: ahí tienes que apañártelas tú sola».

(De “La resurrección según P.O. Enquist”, prólogo de Elda García-Posada a la edición de La hora del lince y Los fabricantes de imágenes,

Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España, Madrid, 2018)

 

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